Por Charles Finney
La oración eficaz del justo tiene mucha fuerza (Santiago 5:16).
Hay dos medios necesarios para fomentar un avivamiento: uno es el influir en los hombres; el otro el influir en Dios. Con la verdad empleada de influir en Dios no quiero decir que la mente de Dios se cambie por la oración o que se cambie su disposición de carácter. Pero la oración produce un cambio tal en nosotros que hace compatible para Dios hacer lo que de otro modo no sería compatible. Cuando un pecador se arrepiente, este estado de sentimiento hace apropiado que Dios lo perdone. Dios siempre ha estado dispuesto a perdonarlo bajo estas condiciones, de modo que cuando el pecador cambia sus sentimientos y se arrepiente, no se requiere ningún cambio de sentimiento en Dios para perdonarlo. Es el arrepentimiento del pecador el que hace posible su propio perdón, y es la ocasión para que Dios actúe así.
Algunos yerran en la dirección opuesta. Pierden de vista el hecho de que la oración, cuando es ofrecida por sí misma, aunque se hiciera para siempre, no daría ningún resultado. Algunos van a sus cuartos solos «para orar», simplemente porque «han de decir sus oraciones». Ha llegado la hora en que tienen el hábito de orar, sea a la mañana, al mediodía o cuando fuere. Pero en vez de tener algo que decir, no hay nada definido en su mente, y oran según les vienen las palabras, lo que flota en su imaginación en aquel momento, y cuando han terminado apenas se acuerdan de lo que han dicho. Esto no es oración efectiva.
La oración eficaz
Para orar de modo efectivo has de orar con sumisión a la voluntad de Dios. No confundas la sumisión con la indiferencia. Son muy distintas. Conocí a un individuo que vino a un lugar en que había un avivamiento. Él estaba frío, y no entró en el espíritu del mismo, y no tenía espíritu de oración; y cuando oyó que los hermanos oraban como si Dios no se les pudiera negar lo que pedían, se sobresaltó de su atrevimiento, y siguió insistiendo en la importancia de orar con sumisión; cuando era evidente que confundía la sumisión con la indiferencia.
Mientras no conozcamos la voluntad de Dios, el someterse sin oración, es tentar a Dios. Quizá, aunque no lo sepamos, el hecho de que ofrezcamos la clase adecuada de oración puede ser lo que cambie el curso de las cosas. En el caso de un amigo impenitente, la importunidad y fervor de tu oración puede muy bien ser lo que lo salve del infierno.
La oración que prevalece se ofrece hoy, cuando los cristianos se han enfervorizado hasta un punto de importunidad y santo atrevimiento, que cuando después miraron hacia atrás, se asombraron de que se hubieran atrevido a ejercer tal importunidad ante Dios. Y con todo, estas oraciones suyas habían prevalecido y obtenido la bendición. Y muchas de estas personas, con las que tengo amistad, se hallan entre las más santas que he conocido.
La tentación a orar por motivos egoístas es tan fuerte que hay razón para temer que las oraciones de muchos padres nunca se han elevado más allá de deseos de ternura paterna o materna. Y esta es la razón por la que muchas oraciones no han sido contestadas y porque muchos padres piadosos y que oran tienen hijos infieles. Gran parte de la oración para el mundo pagano parece basada solo en el principio de la simpatía. Hay misioneros, y otros, que insisten casi exclusivamente en los millones de paganos que van al infierno, mientras se dice muy poco de que están deshonrado a Dios.
Muchos cristianos llegan a la oración que prevalece por medio de un proceso retardado. Su mente se va llenando gradualmente de ansiedad sobre un objeto, de modo que se dedican a sus quehaceres suspirando sus deseos ante Dios. Como la madre cuyo hijo está enfermo va rondando por la casa suspirando como si su corazón fuera a partirse. Y si es una madre que ora, sus gemidos suben a Dios todo el día. Si sale de la habitación en que está su hijo, su mente sigue todavía allí; y si está durmiendo, sus pensamientos están sobre él, y se despierta sobresaltada en su sueño, pensando que quizá su hijo está muriendo. Toda su mente está absorbida en aquel niño enfermo. Este es el estado de la mente de los cristianos que ofrecen oración que prevalece.
El espíritu de aquellos que han estado en aflicción por las almas de otros, me parece a mí, no es diferente del apóstol que sufría por las almas, y «deseaba él mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a sus hermanos» (Romanos 9:3). No es distinto tampoco de la del salmista (Salmo 119:53): «El furor se apoderó de mí a causa de los inicuos, que dejan tu ley». Y en Salmo 119:136: «Ríos de agua descendieron de mis ojos, por los que no guardan tu ley». Ni del profeta Jeremías (4:19): «¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí; no callaré; porque has oído sonido de trompeta, oh, alma mía, pregón de guerra». Y en los capítulos 9:1 y 13:17, y en Isaías 22:4 también. Leemos de Mardoqueo, cuando vio a su pueblo en peligro de ser destruido con una destrucción eventual (Ester 4:1) que «rasgó sus vestidos, se vistió de saco y, cubierto de ceniza, se fue por la ciudad clamando con grande y amargo clamor.» ¿Y porqué hemos de pensar que las personas no han de desesperarse cuando no pueden tolerar la consideración de la miseria de los que van a la destrucción eterna?
Esto se aplica perfectamente a John Livingstone, el que pasó toda la noche anterior al 21 de junio de 1630 en oración, pues había sido designado para predicar el día siguiente en Kirk of Shotts. Cuando se hallaba solo en el campo, hacia las ocho de la mañana, empezó a escabullirse, por la agonía del temor, cuando el poder abrumador del Espíritu lo constriñó a regresar. Así que predicó, conforme se había arreglado; su texto fue Ezequiel 36:25-26. Después de haber predicado durante una hora y media, unas gotas de lluvia distrajeron a la gente, pero Livingstone, preguntó a la gente si tenían algún cobertizo contra la ira divina, y siguió predicando otra hora. Hubo unos quinientos convertidos en aquel lugar. Esta es una ilustración de un avivamiento tocándose con otro, pues en la gran reunión de Kilsyth &endash;pueblo en que había nacido Livingstone&endash; el 2 y 3 de julio de 1893, William Chalmers Burns, predicando sobre el Salmo 90:3, contó la historia de Kirk of Shotts, e insistió en la inmediata necesidad de recibir a Cristo. «Sentí mi alma conmovida de un modo tan notable &endash;dijo Burns&endash; que me sentí guiado, como el señor Livingstone, a suplicar a los no convertidos a que allí mismo saldaran sus cuentas con Dios... El poder del Espíritu del Señor vino tan poderosamente sobre las almas, como si fuera a arrastrarlas, como el viento poderoso de Pentecostés. Algunos estaban gritando en agonía; otros &endash;entre ellos hombres fuertes&endash; cayeron al suelo como muertos. Me vi obligado a entonar un salmo, nuestras voces se mezclaron con los gemidos de muchos presos que suspiraban por ser libertados.»
La intensidad en la oración
Si quieres orar de modo efectivo, tienes que orar mucho. Se dijo del apóstol Santiago que una vez muerto hallaron que tenía callos en las rodillas, como las rodillas de un camello, de tanto orar. ¡Ah! Este era el secreto del éxito de estos ministros primitivos. ¡Tenían callos en las rodillas!
Si intentas orar de modo efectivo, tienes que ofrecerlo en el nombre de Cristo. No puedes presentarte ante Dios en tu propio nombre. No puedes pedir en tus propios méritos. Pero puedes presentarte en un Nombre que siempre es aceptable. Ya sabemos lo que es usar el nombre de otra persona. Si vamos al banco con un talón firmado por un millonario, puedes sacar el dinero como si lo hiciera él mismo. Pues bien, Jesús te da derecho al uso de su nombre. Y cuando oras en el nombre de Cristo, significa que puedes prevalecer como si fueras Él mismo, y recibir tanto como Dios daría a Jesús si fuera Él quien lo pidiera. Pero has de orar con fe.
Estos fuertes deseos que he descrito son los resultados naturales de gran benevolencia y visión clara, respecto al peligro de los pecadores. Es razonable que sea así. Si las mujeres presentes miraran y vieran que su casa está ardiendo y oyeran los gritos de los que están dentro, se desmayarían de horror y agonía. Y nadie se sorprendería, ni dirían que son tontas o locas por afligirse de tal manera. Es al contrario: todos se extrañarían si no expresaran sus sentimientos así. ¿Por qué, pues, hay que extrañarse si los cristianos sienten lo que he descrito, cuando ven claramente el estado y el peligro de los pecadores? Los que nunca lo han sentido no conocen lo que es la verdadera benevolencia, y su piedad tiene que ser muy superficial. No quiero juzgar severamente, o hablar sin caridad, pero afirmo que esta piedad es superficial. Esto no es crítica, sino la pura verdad.
Cuando los cristianos son llevados a extremos, hacen un esfuerzo desesperado, ponen la carga sobre el Señor Jesucristo y, simplemente, confían en Él como si fueran niños. Entonces se sienten aliviados, entonces sienten cómo el alma por la que han estado orando está salvada. La carga ha desaparecido, y Dios parece calmar el alma con una dulce seguridad de que la bendición será concedida. A menudo, después de que un cristiano ha pasado esta lucha, esta agonía en oración y ha obtenido un alivio así, siente afectos celestiales dulcísimos que salen de él: el alma descansa dulce y gloriosamente en Dios, y «se alegra con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8).
Estos dolores de nacimiento por las almas crean también un notable lazo de unión entre los cristianos fervientes y los recién convertidos. Los que se convierten son muy caros a los corazones de los que tuvieron este espíritu de oración por ellos. El sentimiento es como el de una madre por su primer hijo. Pablo lo expresa con gran belleza, cuando dice: «Hijitos, por quienes vuelvo a sufrir dolores dé parto» &endash;se habían vuelto atrás, y sufría la agonía de un padre sobre su hijo vagabundo&endash; estoy de parto por vosotros otra vez hasta que Cristo sea formado en vosotros. En un avivamiento he notado con frecuencia de qué manera los que tienen el espíritu de oración aman a los recién convertidos. Ya sé que esto es como si hablara de álgebra a los que no lo han sentido.
La humildad y la oración
Otra razón por la que Dios requiere esta clase de oración es que es el único modo en que la Iglesia puede ser preparada debidamente para recibir grandes bendiciones sin ser perjudicada por ellas. Cuando la Iglesia está así postrada en el polvo delante de Dios, y está en la profundidad de la agonía en oración, las bendiciones le hacen bien. Mientras que si recibe la bendición sin esta postración profunda del alma, se envanece y se llena de orgullo. Pero así aumenta su santidad, su amor y su humildad.
El siguiente hecho fue contado por un pastor y yo lo oí. Dijo que en cierta ciudad no había habido ningún avivamiento durante muchos años; la iglesia estaba casi extinguida, los jóvenes eran todos inconversos y la desolación era general. Vivía en una parte retirada de la ciudad un anciano, herrero, el que tartamudeaba tanto, que era penoso escucharlo. Un viernes, estando en su fragua, solo, su mente se conmovió por el estado de la iglesia y la cantidad de impenitentes. Su agonía era tan grande que se vio llevado a dejar su trabajo, cerrar el taller y pasar la tarde en oración.
Prevaleció, y el sábado llamó al pastor y le dijo que convocara a una «reunión». Después de algunas dudas el pastor consintió; le hizo notar, sin embargo, que temía que asistirían muy pocos. La reunión iba a celebrarse aquella noche en una casa particular grande. Cuando llegó la noche había más gente reunida de la que cabía en la casa. Todos estuvieron silenciosos un rato hasta que un pecador rompió a llorar, y dijo que si alguien podía orar, que orara por él. Otro siguió, y así sucesivamente uno tras otro hasta que había personas procedentes de todos los barrios de la ciudad que estaban bajo una profunda convicción de pecado. Y lo más notable fue que todos coincidieron en dar la hora en que el anciano estaba orando en su taller, como la hora en que fueron convictos de pecado. A esto siguió un poderoso avivamiento. Este anciano tartamudo, pues, prevaleció, y como un príncipe tuvo poder ante Dios.
Este blog, constará de artigos como também de situações do dia a dia que passam despercebidas,mas que contém valores para nós. vale a pena conferir!
terça-feira, 8 de julho de 2008
quarta-feira, 25 de junho de 2008
Ano eleitoral: Criminosos batem às portas de igrejas evangélicas
Dr. Zenóbio Fonseca
“O que mais preocupa não é o grito dos violentos, nem dos corruptos, nem dos desonestos, nem dos sem-caráter, nem dos sem-ética. O que mais preocupa é o silêncio dos bons”[1].
Estamos vivendo uma grande crise ética e de valores morais na política brasileira e em algumas instituições basilares de nossa nação. Todos os dias os noticiários apresentam escândalos de desvios de verbas públicas, obras inacabadas, autoridades envolvidas com a criminalidade, pessoas tentando corromper e corrompendo servidores públicos, etc. Enfim, as pessoas de bem não agüentam assistir tanta imoralidade na administração de nossa sociedade.
Diante desse cenário, a cada 2 anos os brasileiros são chamados, de forma compulsória, a votar em políticos (vereadores, deputados, senadores, governadores e Presidente) para nos representar e fazer leis e administrar a sociedade em geral. Ou seja, a cada 2 anos, novas eleições e novas promessas de melhora social.
É importante destacar que a política é necessária e relevante para o desenvolvimento de nossa sociedade, onde os debates de idéias e valores retratam todas as classes sociais. Não podemos confundir corrupção com política, pois o que existe são pessoas corruptas que se tornam políticos e não políticos que se tornam corruptos.
Nesse contexto, a igreja evangélica encontra-se inserida como um núcleo de transformação social e comunidade de cidadãos eleitores. Nesse particular, temos percebido que a cada 2 anos algumas práticas erradas vêm reiteradamente sendo praticadas por pessoas aspirantes ao cargo político ou pelo próprio político, quando ocorre o “assédio” eleitoral às comunidades cristãs.
No período eleitoral, ainda que a legislação eleitoral proíba que templos religiosos sejam usados como palanque eleitorais, alguns políticos ou aspirantes ao cargo tentam “seduzir” líderes de igrejas com o pretexto de “ajudar” a igreja com doações de materiais de construção, reforma do telhado, cadeiras, aparelho de ar condicionado, lajes, cestas básicas, aparelho de som novo e outras prebendas, exclusivamente para ter o seu nome veiculado como um legítimo representante popular e defensor de valores do segmento social cristã. Um verdadeiro cordeiro com pele de lobo.
Esse pseudo “candidato” a político ou político em exercício, já começa mal a sua caminhada eleitoral, pois possui uma conduta ética e moral ancorada na criminalidade e ilegalidade, pois dar, oferecer, prometer, solicitar ou receber, para si ou para outrem dinheiro, dádiva ou qualquer outra vantagem para obter ou dar voto é crime eleitoral previsto no artigo 299 da Lei n 4.737 de 1995 do Código Eleitoral [2].
Infelizmente, essa realidade permeia diversos locais e municípios do nosso Brasil, onde pessoas mal intencionadas, com o único objetivo de conseguir votos da comunidade cristã, apresentam-se nos 4 meses anteriores às eleições, com muitos recursos financeiros sem ser contabilizados, tentando realizar obras físicas e troca de favores, com o único objetivo de angariar votos.
Tal imoralidade e ilegalidade devem ser combatidas e denunciadas pelos evangélicos, pois tais “pseudo-candidatos” não devem ser eleitos. Devem, sim, ser expurgados para que a verdadeira representação do povo possa ser eleita de forma ética, com pessoas preparadas, vinculadas a princípios e valores morais cristãs, como missão principal de servir a comunidade local sem apego ao dinheiro.
Preocupamo-nos quando ouvimos dizer que em alguns locais existem líderes trocando apoio político a “candidatos benfeitores”. Eles podem até enganar a comunidade por algum tempo, mas o Senhor Jesus não se deixa escarnecer e no dia certo fará justiça, tal como está escrito pelo salmista em Sl 73:11-17.
Precisamos estar atentos para que de dentro da nossa comunidade possamos identificar e apresentar à sociedade homens e mulheres como “José do Egito”, “Daniel”, “Sadraque”, “Mesaque”, “Abedenego”, “Josué”, enfim, homens preparados tecnicamente, forjados no caráter e na vivência do Cristianismo, para que possam influenciar e ajudar a nossa sociedade, sob pena de sofrermos com a nossa omissão neste momento de mudança nas administrações municipais.
[1] Martin Luther King.
[2] Ver também artigo 41-A da lei 9.504/97, que trata da captação ilícita de voto, “candidato doar, oferecer, prometer, ou entregar, ao eleitor, com fim de obter-lhe o voto, bem ou vantagem pessoal de qualquer natureza, inclusive emprego ou função pública, desde o registro da candidatura até o dia da eleição, inclusive, sob pena de multa de mil a 50 mil Ufirs, e cassação de registro ou do diploma”.
Fonte: Blog Zenóbio Fonseca
Divulgação: www.juliosevero.com
“O que mais preocupa não é o grito dos violentos, nem dos corruptos, nem dos desonestos, nem dos sem-caráter, nem dos sem-ética. O que mais preocupa é o silêncio dos bons”[1].
Estamos vivendo uma grande crise ética e de valores morais na política brasileira e em algumas instituições basilares de nossa nação. Todos os dias os noticiários apresentam escândalos de desvios de verbas públicas, obras inacabadas, autoridades envolvidas com a criminalidade, pessoas tentando corromper e corrompendo servidores públicos, etc. Enfim, as pessoas de bem não agüentam assistir tanta imoralidade na administração de nossa sociedade.
Diante desse cenário, a cada 2 anos os brasileiros são chamados, de forma compulsória, a votar em políticos (vereadores, deputados, senadores, governadores e Presidente) para nos representar e fazer leis e administrar a sociedade em geral. Ou seja, a cada 2 anos, novas eleições e novas promessas de melhora social.
É importante destacar que a política é necessária e relevante para o desenvolvimento de nossa sociedade, onde os debates de idéias e valores retratam todas as classes sociais. Não podemos confundir corrupção com política, pois o que existe são pessoas corruptas que se tornam políticos e não políticos que se tornam corruptos.
Nesse contexto, a igreja evangélica encontra-se inserida como um núcleo de transformação social e comunidade de cidadãos eleitores. Nesse particular, temos percebido que a cada 2 anos algumas práticas erradas vêm reiteradamente sendo praticadas por pessoas aspirantes ao cargo político ou pelo próprio político, quando ocorre o “assédio” eleitoral às comunidades cristãs.
No período eleitoral, ainda que a legislação eleitoral proíba que templos religiosos sejam usados como palanque eleitorais, alguns políticos ou aspirantes ao cargo tentam “seduzir” líderes de igrejas com o pretexto de “ajudar” a igreja com doações de materiais de construção, reforma do telhado, cadeiras, aparelho de ar condicionado, lajes, cestas básicas, aparelho de som novo e outras prebendas, exclusivamente para ter o seu nome veiculado como um legítimo representante popular e defensor de valores do segmento social cristã. Um verdadeiro cordeiro com pele de lobo.
Esse pseudo “candidato” a político ou político em exercício, já começa mal a sua caminhada eleitoral, pois possui uma conduta ética e moral ancorada na criminalidade e ilegalidade, pois dar, oferecer, prometer, solicitar ou receber, para si ou para outrem dinheiro, dádiva ou qualquer outra vantagem para obter ou dar voto é crime eleitoral previsto no artigo 299 da Lei n 4.737 de 1995 do Código Eleitoral [2].
Infelizmente, essa realidade permeia diversos locais e municípios do nosso Brasil, onde pessoas mal intencionadas, com o único objetivo de conseguir votos da comunidade cristã, apresentam-se nos 4 meses anteriores às eleições, com muitos recursos financeiros sem ser contabilizados, tentando realizar obras físicas e troca de favores, com o único objetivo de angariar votos.
Tal imoralidade e ilegalidade devem ser combatidas e denunciadas pelos evangélicos, pois tais “pseudo-candidatos” não devem ser eleitos. Devem, sim, ser expurgados para que a verdadeira representação do povo possa ser eleita de forma ética, com pessoas preparadas, vinculadas a princípios e valores morais cristãs, como missão principal de servir a comunidade local sem apego ao dinheiro.
Preocupamo-nos quando ouvimos dizer que em alguns locais existem líderes trocando apoio político a “candidatos benfeitores”. Eles podem até enganar a comunidade por algum tempo, mas o Senhor Jesus não se deixa escarnecer e no dia certo fará justiça, tal como está escrito pelo salmista em Sl 73:11-17.
Precisamos estar atentos para que de dentro da nossa comunidade possamos identificar e apresentar à sociedade homens e mulheres como “José do Egito”, “Daniel”, “Sadraque”, “Mesaque”, “Abedenego”, “Josué”, enfim, homens preparados tecnicamente, forjados no caráter e na vivência do Cristianismo, para que possam influenciar e ajudar a nossa sociedade, sob pena de sofrermos com a nossa omissão neste momento de mudança nas administrações municipais.
[1] Martin Luther King.
[2] Ver também artigo 41-A da lei 9.504/97, que trata da captação ilícita de voto, “candidato doar, oferecer, prometer, ou entregar, ao eleitor, com fim de obter-lhe o voto, bem ou vantagem pessoal de qualquer natureza, inclusive emprego ou função pública, desde o registro da candidatura até o dia da eleição, inclusive, sob pena de multa de mil a 50 mil Ufirs, e cassação de registro ou do diploma”.
Fonte: Blog Zenóbio Fonseca
Divulgação: www.juliosevero.com
quinta-feira, 19 de junho de 2008
O que significa ser amor permitido?
Bem, de fato quase nunca pensa-se sobre isso porque passa tão despercebido que atribui-se a um comportamento natural do ser humano ou de outros seres vivos. Mas não, a permissão aqui referida toma-se por base um sentimento de reciprocidade capaz de dar início e alargar as relações de afetividade entre duas ou mais pessoas ou seres que estão em contato e que por ventura vêm a nutrir um sentimento de afeição ou amor entre si.
A permissão ocorre em um nível de aceitação natural, mental ou físico, no qual o ser dá abertura ao outro sem que sejam necessárias quaisquer obrigações ou atitudes desmeritórias ou confusas de nenhuma das partes. A liberdade de amar, quando o sentimento preenche de alguma forma a alma e o corpo e não somente por alguns minutos, dias ou meses, mas por muitos anos, quiçá eternamente enquanto dure e mais nas lembranças e memórias.
Por que você me ama? Porque você permitiu. Essa frase remete ao mais simples mecanismo de reciprocidade e lealdade, se um pergunta ao outro a razão de seu sentimento de amor em direção a ele, a resposta só poderia ser essa. A razão do sentimento de amor em direção à outra pessoa recaí na própria pessoa amada, que em seus gestos, palavras, pensamentos e ações conferiu permissão a que a outra pessoa ou ser - podendo até ser um animal de estimação - o dedicasse aquele sentimento de amor.
O amor pode ser entendido de diferentes formas, e tomado por certo conquanto é um sentimento, dessa forma é abstrato, sem forma, sem cor, sem tamanho ou textura. Mas é por si só: O sentimento em excelência; o que quer dizer que é o sentimento primário e inicial de todo e cada ser humano, animal ou qualquer outro ser dotado de sentimentos e capacidade de raciocínio natural.
Todos carecem de amor e querem reconhecer esse sentimento em si e nos outros, não importando idade ou sexo. O amor é vital para nossas vidas como o ar, e é notoriamente reconhecido que sem amor a criatura não sobrevive conquanto o amor equilibra e traz a paz de espírito quando é necessário.
A permissão ocorre em um nível de aceitação natural, mental ou físico, no qual o ser dá abertura ao outro sem que sejam necessárias quaisquer obrigações ou atitudes desmeritórias ou confusas de nenhuma das partes. A liberdade de amar, quando o sentimento preenche de alguma forma a alma e o corpo e não somente por alguns minutos, dias ou meses, mas por muitos anos, quiçá eternamente enquanto dure e mais nas lembranças e memórias.
Por que você me ama? Porque você permitiu. Essa frase remete ao mais simples mecanismo de reciprocidade e lealdade, se um pergunta ao outro a razão de seu sentimento de amor em direção a ele, a resposta só poderia ser essa. A razão do sentimento de amor em direção à outra pessoa recaí na própria pessoa amada, que em seus gestos, palavras, pensamentos e ações conferiu permissão a que a outra pessoa ou ser - podendo até ser um animal de estimação - o dedicasse aquele sentimento de amor.
O amor pode ser entendido de diferentes formas, e tomado por certo conquanto é um sentimento, dessa forma é abstrato, sem forma, sem cor, sem tamanho ou textura. Mas é por si só: O sentimento em excelência; o que quer dizer que é o sentimento primário e inicial de todo e cada ser humano, animal ou qualquer outro ser dotado de sentimentos e capacidade de raciocínio natural.
Todos carecem de amor e querem reconhecer esse sentimento em si e nos outros, não importando idade ou sexo. O amor é vital para nossas vidas como o ar, e é notoriamente reconhecido que sem amor a criatura não sobrevive conquanto o amor equilibra e traz a paz de espírito quando é necessário.
sexta-feira, 6 de junho de 2008
A Centralidade da Cruz
por
James Montgomery Boyce
Se a morte de Cristo na cruz é o verdadeiro significado de sua encarnação, não existe evangelho sem a cruz. O nascimento de Cristo, por si mesmo, não é a essência do evangelho. Mesmo a ressurreição, embora seja importante no plano geral da salvação, não é o cerne do evangelho. As boas-novas não consistem apenas no fato de que Deus se tornou homem, ou de que Ele falou com o propósito de revelar-nos o caminho da vida, ou de que a morte, o grande inimigo, foi vencida. As boas-novas estão no fato de que Deus lidou com nosso pecado (do que a ressurreição é uma prova); que Jesus sofreu o castigo como nosso Representante, de modo que nunca mais tenhamos de sofrê-lo; e que, por isso mesmo, todos os que crêem podem antegozar o céu. Gloriar-se na Pessoa e nos ensinos de Cristo somente é possível para aqueles que entram em um novo relacionamento com Deus, por meio da fé em Jesus como seu Substituto. A ressurreição não é apenas uma vitória sobre a morte, mas também uma prova de que a expiação foi satisfatória aos olhos do Pai (Rm 4.25) e de que a morte, o resultado do pecado, foi abolida por causa desta satisfação. Qualquer evangelho que proclama somente a vinda de Cristo ao mundo, significando a encarnação sem a expiação, é um falso evangelho. Qualquer evangelho que proclama o amor de Deus sem ressaltar que seu amor O levou a pagar, na pessoa de seu Filho, na cruz, o preço final pelos nossos pecados, é um falso evangelho. O verdadeiro evangelho é aquele que fala sobre o “único Mediador” (1 Tm 2.5-6), que ofereceu a Si mesmo por nós. E, assim como não pode haver um evangelho que não apresenta a expiação como o motivo para a encarnação, assim também sem a expiação não pode haver vida cristã. Sem a expiação, o conceito de encarnação facilmente se degenera num tipo de deificação do homem, levando-o a arrogância e auto-exaltação. E além disso, com a expiação (ou sacrifício) como a verdadeira mensagem da vida de Cristo e, por conseguinte, também da vida do cristão, quer homem ou mulher, esta deverá conduzi-lo à humildade e ao auto-sacrifício em favor das reais necessidades de outros. A vida cristã não demonstra indiferença àqueles que estão famintos e doentes ou têm qualquer outra dificuldade. A vida cristã não consiste em contentar-nos com as coisas que temos, ou com um viver da classe média, desfrutando de uma grande casa, carros novos, roupas finas e boas férias, ou com uma boa formação educacional, ou com a riqueza espiritual de boas igrejas, Bíblias, ensino correto das Escrituras, amigos ou uma comunidade cristã. Pelo contrário, a vida cristã envolve a conscientização de que outros carecem de tais coisas; portanto, precisamos sacrificar nossos próprios interesses, para nos identificarmos com eles, comunicando-lhes cada vez mais a abundância que desfrutamos...Viveremos inteiramente para Cristo somente quando estivermos dispostos a empobrecer, se necessário, para que outros sejam ajudados.
Fonte: Fé para Hoje, Versão Online, Número 8, Ano 2000
James Montgomery Boyce
Se a morte de Cristo na cruz é o verdadeiro significado de sua encarnação, não existe evangelho sem a cruz. O nascimento de Cristo, por si mesmo, não é a essência do evangelho. Mesmo a ressurreição, embora seja importante no plano geral da salvação, não é o cerne do evangelho. As boas-novas não consistem apenas no fato de que Deus se tornou homem, ou de que Ele falou com o propósito de revelar-nos o caminho da vida, ou de que a morte, o grande inimigo, foi vencida. As boas-novas estão no fato de que Deus lidou com nosso pecado (do que a ressurreição é uma prova); que Jesus sofreu o castigo como nosso Representante, de modo que nunca mais tenhamos de sofrê-lo; e que, por isso mesmo, todos os que crêem podem antegozar o céu. Gloriar-se na Pessoa e nos ensinos de Cristo somente é possível para aqueles que entram em um novo relacionamento com Deus, por meio da fé em Jesus como seu Substituto. A ressurreição não é apenas uma vitória sobre a morte, mas também uma prova de que a expiação foi satisfatória aos olhos do Pai (Rm 4.25) e de que a morte, o resultado do pecado, foi abolida por causa desta satisfação. Qualquer evangelho que proclama somente a vinda de Cristo ao mundo, significando a encarnação sem a expiação, é um falso evangelho. Qualquer evangelho que proclama o amor de Deus sem ressaltar que seu amor O levou a pagar, na pessoa de seu Filho, na cruz, o preço final pelos nossos pecados, é um falso evangelho. O verdadeiro evangelho é aquele que fala sobre o “único Mediador” (1 Tm 2.5-6), que ofereceu a Si mesmo por nós. E, assim como não pode haver um evangelho que não apresenta a expiação como o motivo para a encarnação, assim também sem a expiação não pode haver vida cristã. Sem a expiação, o conceito de encarnação facilmente se degenera num tipo de deificação do homem, levando-o a arrogância e auto-exaltação. E além disso, com a expiação (ou sacrifício) como a verdadeira mensagem da vida de Cristo e, por conseguinte, também da vida do cristão, quer homem ou mulher, esta deverá conduzi-lo à humildade e ao auto-sacrifício em favor das reais necessidades de outros. A vida cristã não demonstra indiferença àqueles que estão famintos e doentes ou têm qualquer outra dificuldade. A vida cristã não consiste em contentar-nos com as coisas que temos, ou com um viver da classe média, desfrutando de uma grande casa, carros novos, roupas finas e boas férias, ou com uma boa formação educacional, ou com a riqueza espiritual de boas igrejas, Bíblias, ensino correto das Escrituras, amigos ou uma comunidade cristã. Pelo contrário, a vida cristã envolve a conscientização de que outros carecem de tais coisas; portanto, precisamos sacrificar nossos próprios interesses, para nos identificarmos com eles, comunicando-lhes cada vez mais a abundância que desfrutamos...Viveremos inteiramente para Cristo somente quando estivermos dispostos a empobrecer, se necessário, para que outros sejam ajudados.
Fonte: Fé para Hoje, Versão Online, Número 8, Ano 2000
terça-feira, 20 de maio de 2008
A Quebra de Maldições é Bíblica?
por
Rev. Augustus Nicodemus Lopes
Uma das tendências do movimento de “Batalha Espiritual” é adicionar à obra de Cristo uma complementação feita por peritos em maldições. É ensinada claramente a necessidade de se quebrar as maldições hereditárias e de se anular compromissos que ficaram pendentes com o diabo, mesmo após a pessoa ter sido convertida a Cristo. Ensina-se que herdamos as maldições que acompanharam nossos antepassados, por causa de seus pecados e pactos demoníacos, e que precisamos anulá-las.
Êxodo 20 e Ezequiel 18
Geralmente o texto usado para defender este ponto é Êxodo 20.5, em que Deus ameaça visitar a maldade dos pais nos filhos até a terceira e quarta geração dos que o aborrecem. Entretanto, ensinar que Deus faz cair sobre os filhos as conseqüências dos pecados dos pais, é só metade da verdade revelada.
A Escritura nos diz igualmente que se um filho de pai idólatra e adúltero vir as obras más de seu pai, temer a Deus e andar em seus caminhos, nada do que o pai fez virá a cair sobre ele. A conversão e o arrependimento individuais "quebram", na existência das pessoas, a "maldição hereditária" (um efeito somente possível por causa da obra de Cristo). Este foi o ponto enfatizado pelo profeta Ezequiel em sua pregação ao povo de Israel da época (leia cuidadosamente Ezequiel 18). A nação de Israel havia sido levada em cativeiro para a Babilônia, e os judeus cativos se queixavam de Deus dizendo "Os pais comeram uvas verdes e os dentes dos filhos é que se embotaram...” (Ez 18.2b) - ou seja, "nossos pais pecaram, e nós é que sofremos as conseqüências". Eles estavam transferindo para seus pais a responsabilidade pelo castigo divino que lhes sobreveio, que foi o desterro para a terra dos caldeus. Achavam que era injusto que estivessem pagando pelo pecado de idolatria dos seus pais. Usavam um provérbio da época, que nos nossos dias seria mais ou menos assim: "Nossos pais comeram a feijoada, mas nós é que tivemos a dor de barriga...”.
Através do profeta Ezequiel, Deus os repreendeu, afirmando que a responsabilidade moral é pessoal e individual diante dele: "A alma que pecar, essa morrerá; o filho não levará a iniqüidade do pai... " (Ez 18.4b, 20). E que pela conversão e por uma vida reta, o indivíduo está livre da "maldição" dos pecados de seus antepassados (ver 18.14-19). Esta passagem é muito importante, pois nos mostra de que maneira o próprio Deus interpreta (através de Ezequiel) o significado de Êxodo 20.5. Ou seja, o segundo mandamento prevê a visitação do juízo divino sobre os descendentes de homens ímpios, descendentes estes que aborrecem a Deus como seus pais. Várias passagens no próprio Pentateuco deixam claro que a retribuição divina sobre os filhos dos que aborrecem a Deus é descontinuada a partir do momento em que estes filhos se arrependem de seus próprios pecados, e os confessam a Deus, confessando igualmente os pecados de seus pais, como Levítico 26.39-42.
Encontramos a mesma idéia em Nm. 14.13-34. Nesta passagem vemos claramente como a misericórdia e a longanimidade de Deus atuam em conjunto com sua justa ira contra os rebeldes e pecadores. Após a revolta do povo de Israel contra Deus, inflamados pelo relato desanimador dos dez espias incrédulos, o Senhor Deus condenou aquela geração incrédula a perecer no deserto. Seus filhos haveriam de levar sobre si as infidelidades de seus pais, até que estes morressem (v.33), após o que, os filhos entrariam na terra (v. 31). Aplicando aos nossos dias, fica evidente que o crente verdadeiro já rompeu com seu passado e com as implicações espirituais dos pecados dos seus antepassados, quando, arrependido, veio a Cristo em fé.
Fonte: LOPES, Augustus Nicodemus. O que você precisa saber sobre Batalha Espiritual. 3 ed. São Paulo, Ed. Cultura Cristã, 2001. p. 60-62.
Rev. Augustus Nicodemus Lopes
Uma das tendências do movimento de “Batalha Espiritual” é adicionar à obra de Cristo uma complementação feita por peritos em maldições. É ensinada claramente a necessidade de se quebrar as maldições hereditárias e de se anular compromissos que ficaram pendentes com o diabo, mesmo após a pessoa ter sido convertida a Cristo. Ensina-se que herdamos as maldições que acompanharam nossos antepassados, por causa de seus pecados e pactos demoníacos, e que precisamos anulá-las.
Êxodo 20 e Ezequiel 18
Geralmente o texto usado para defender este ponto é Êxodo 20.5, em que Deus ameaça visitar a maldade dos pais nos filhos até a terceira e quarta geração dos que o aborrecem. Entretanto, ensinar que Deus faz cair sobre os filhos as conseqüências dos pecados dos pais, é só metade da verdade revelada.
A Escritura nos diz igualmente que se um filho de pai idólatra e adúltero vir as obras más de seu pai, temer a Deus e andar em seus caminhos, nada do que o pai fez virá a cair sobre ele. A conversão e o arrependimento individuais "quebram", na existência das pessoas, a "maldição hereditária" (um efeito somente possível por causa da obra de Cristo). Este foi o ponto enfatizado pelo profeta Ezequiel em sua pregação ao povo de Israel da época (leia cuidadosamente Ezequiel 18). A nação de Israel havia sido levada em cativeiro para a Babilônia, e os judeus cativos se queixavam de Deus dizendo "Os pais comeram uvas verdes e os dentes dos filhos é que se embotaram...” (Ez 18.2b) - ou seja, "nossos pais pecaram, e nós é que sofremos as conseqüências". Eles estavam transferindo para seus pais a responsabilidade pelo castigo divino que lhes sobreveio, que foi o desterro para a terra dos caldeus. Achavam que era injusto que estivessem pagando pelo pecado de idolatria dos seus pais. Usavam um provérbio da época, que nos nossos dias seria mais ou menos assim: "Nossos pais comeram a feijoada, mas nós é que tivemos a dor de barriga...”.
Através do profeta Ezequiel, Deus os repreendeu, afirmando que a responsabilidade moral é pessoal e individual diante dele: "A alma que pecar, essa morrerá; o filho não levará a iniqüidade do pai... " (Ez 18.4b, 20). E que pela conversão e por uma vida reta, o indivíduo está livre da "maldição" dos pecados de seus antepassados (ver 18.14-19). Esta passagem é muito importante, pois nos mostra de que maneira o próprio Deus interpreta (através de Ezequiel) o significado de Êxodo 20.5. Ou seja, o segundo mandamento prevê a visitação do juízo divino sobre os descendentes de homens ímpios, descendentes estes que aborrecem a Deus como seus pais. Várias passagens no próprio Pentateuco deixam claro que a retribuição divina sobre os filhos dos que aborrecem a Deus é descontinuada a partir do momento em que estes filhos se arrependem de seus próprios pecados, e os confessam a Deus, confessando igualmente os pecados de seus pais, como Levítico 26.39-42.
Encontramos a mesma idéia em Nm. 14.13-34. Nesta passagem vemos claramente como a misericórdia e a longanimidade de Deus atuam em conjunto com sua justa ira contra os rebeldes e pecadores. Após a revolta do povo de Israel contra Deus, inflamados pelo relato desanimador dos dez espias incrédulos, o Senhor Deus condenou aquela geração incrédula a perecer no deserto. Seus filhos haveriam de levar sobre si as infidelidades de seus pais, até que estes morressem (v.33), após o que, os filhos entrariam na terra (v. 31). Aplicando aos nossos dias, fica evidente que o crente verdadeiro já rompeu com seu passado e com as implicações espirituais dos pecados dos seus antepassados, quando, arrependido, veio a Cristo em fé.
Fonte: LOPES, Augustus Nicodemus. O que você precisa saber sobre Batalha Espiritual. 3 ed. São Paulo, Ed. Cultura Cristã, 2001. p. 60-62.
terça-feira, 13 de maio de 2008
A nossa Salvação
A salvação depende somente da vontade soberana de Deus, não do homem. Deus soberanamente escolhe quem salvar, aparte de qualquer condição encontrada no homem. Isto é chamado “eleição incondicional”. A eleição é uma expressão da vontade soberana de Deus e é a causa imediata da fé. A eleição é certamente eficaz para a salvação de todos os eleitos. Aqueles que Deus escolhe certamente chegarão à fé em Cristo. A eleição abrange toda a eternidade e é um decreto imutável.
Efésios 1:4-11 (observe especialmente os versos 5 e 11); 2:4; 10Atos 13:48João 1:13; 3:37; 8:47; 10:26; 15:16, 19; 17:2, 6, 9, 24Romanos 8:28-30; 9:1-24Romanos 9:15, 16; 11:4-8Joel 2:32 (compare com Romanos 10:13)1 Tessalonicenses 1:42 Tessalonicenses 2:13-142 Timóteo 1:9Tito 1:1Apocalipse 13:8; 17:8; 20:151 Coríntios 1:25-31Tiago 2:5Mateus 11:27-30
Deus é soberano em tudo o que faz e todas as coisas de acordo com sua vontade e prazer. Ele não tem de prestar contas ao ser humano, porque ele é o Criador e pode escolher a quem quer salvar.
João 6: 65Tiago 1:181 Pedro 1:23Atos 11:18; 16:14Deuteronômio 30:6Jeremias 32:39-40Ezequiel 36:26-27Romanos 9:20-21
Conclusão
A grande dificuldade que eu vejo com o entendimento da doutrina da predestinação está no intelecto humano. Não compreendemos a relação entre a justiça e a graça divina. De acordo com a Bíblia, a salvação não se fundamenta, de maneira alguma, no rígido princípio da justiça; pelo contrário, fundamenta- se no fato de ser ela o livramento da justiça. Se Deus tivesse resolvido exercer justiça para com os filhos caídos de Adão, nenhum deles pode- ria salvar-se. A justiça não é, em sentido algum, um fator determinante na salvação de nenhum homem. Se, portanto, Deus escolhe salvar alguns e não outros, conforme o provam os acontecimentos de cada dia, Ele ainda pode ser justo, como o seria, se não houvesse escolhido a ninguém da raça pecadora para a salvação.
O homem não é responsável por sua salvação, e sim pelos seus pecados. O pecado é uma violação do relacionamento entre o Criador e suas criaturas racionais, e este relacionamento constitui o princípio fundamental da responsabilidade do homem. Ele é um agente livre quanto à sua conduta como um ser racional e no final será julgado a respeito do bem ou do mal que praticou e não pela sua salvação.
Sua salvação talvez não será mencionada, quando ele se apresentar diante do tribunal de Deus; porém, os seus maus feitos ou o bem que praticou em nome do Senhor virão à luz. “Ao SENHOR pertence a salvação” e o homem, portanto, não pode ser responsável por aquilo que não lhe pertence. Mas todo homem deve responder diante do tribunal de Deus pela sua conduta individual.
Uma vez que admitamos a cooperação do homem na conversão e na sua justificação, não haverá paz de consciência. A questão sempre será: O quanto eu tenho que fazer? No entanto, o testemunho claro da Escritura, e é nisto que eu creio, que a salvação dos pecadores depende exclusivamente de Deus.
Efésios 1:4-11 (observe especialmente os versos 5 e 11); 2:4; 10Atos 13:48João 1:13; 3:37; 8:47; 10:26; 15:16, 19; 17:2, 6, 9, 24Romanos 8:28-30; 9:1-24Romanos 9:15, 16; 11:4-8Joel 2:32 (compare com Romanos 10:13)1 Tessalonicenses 1:42 Tessalonicenses 2:13-142 Timóteo 1:9Tito 1:1Apocalipse 13:8; 17:8; 20:151 Coríntios 1:25-31Tiago 2:5Mateus 11:27-30
Deus é soberano em tudo o que faz e todas as coisas de acordo com sua vontade e prazer. Ele não tem de prestar contas ao ser humano, porque ele é o Criador e pode escolher a quem quer salvar.
João 6: 65Tiago 1:181 Pedro 1:23Atos 11:18; 16:14Deuteronômio 30:6Jeremias 32:39-40Ezequiel 36:26-27Romanos 9:20-21
Conclusão
A grande dificuldade que eu vejo com o entendimento da doutrina da predestinação está no intelecto humano. Não compreendemos a relação entre a justiça e a graça divina. De acordo com a Bíblia, a salvação não se fundamenta, de maneira alguma, no rígido princípio da justiça; pelo contrário, fundamenta- se no fato de ser ela o livramento da justiça. Se Deus tivesse resolvido exercer justiça para com os filhos caídos de Adão, nenhum deles pode- ria salvar-se. A justiça não é, em sentido algum, um fator determinante na salvação de nenhum homem. Se, portanto, Deus escolhe salvar alguns e não outros, conforme o provam os acontecimentos de cada dia, Ele ainda pode ser justo, como o seria, se não houvesse escolhido a ninguém da raça pecadora para a salvação.
O homem não é responsável por sua salvação, e sim pelos seus pecados. O pecado é uma violação do relacionamento entre o Criador e suas criaturas racionais, e este relacionamento constitui o princípio fundamental da responsabilidade do homem. Ele é um agente livre quanto à sua conduta como um ser racional e no final será julgado a respeito do bem ou do mal que praticou e não pela sua salvação.
Sua salvação talvez não será mencionada, quando ele se apresentar diante do tribunal de Deus; porém, os seus maus feitos ou o bem que praticou em nome do Senhor virão à luz. “Ao SENHOR pertence a salvação” e o homem, portanto, não pode ser responsável por aquilo que não lhe pertence. Mas todo homem deve responder diante do tribunal de Deus pela sua conduta individual.
Uma vez que admitamos a cooperação do homem na conversão e na sua justificação, não haverá paz de consciência. A questão sempre será: O quanto eu tenho que fazer? No entanto, o testemunho claro da Escritura, e é nisto que eu creio, que a salvação dos pecadores depende exclusivamente de Deus.
quarta-feira, 27 de fevereiro de 2008
O cenário de uma tourada é tipicamente ilustrado na vida do crente, onde ele se depara com o seu inimigo: a sua própria carne: o touro, e a arena é o campo de batalha onde acontece esta luta. Assim eu vejo que embora somos ovelhas de Cristo, mas dentro de nós temos uma batalha constante com os nossos impulsos, com a nossa carne, e com o mundo que nos estimula ao pecado e a desobediência a Deus, assim o crente na figura de um toureiro luta para vencer o seu oponente ou senão enfraquecê-lo para que não o domine mais. Meus irmãos não temos outra escolha que enfrentá-lo, usando as nossas armas espirituais segundo Efesios 6:10-17.
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